24-Marzo-2016

"NO HE PODIDO VOLVER A REZAR EL PADRE NUESTRO HASTA EL FINAL"

El 24 de marzo de 2015, la profesora Anette Bless apagó las luces de la clase para que los chicos pudiesen ver con más nitidez el vídeo al que dedicarían la hora. El normalmente bullicioso grupo se concentró en las imágenes y se hizo un extraño silencio. Sentada al final del aula, junto al proyector, Annette disfrutó del momento de paz y recuerda haberse sorprendido por aquella atmósfera «celeste». A esa misma hora, en el cielo sobre los Alpes franceses, el copiloto Andreas Lubitz se había encerrado en la cabina y había puesto rumbo a una pared de piedra contra la que perderían la vida todos los 149 ocupantes del Airbus A320-211. Uno de ellos era su hija de 15 años, Elena, que regresaba de un viaje de intercambio, para aprender español, junto con otros 15 alumnos del Instituto Joseph König. Annete tenía el móvil encendido, pero en modo silencio, y no contestó las llamadas ni los mensajes hasta el final de la clase. Tiempo después, cuando rebobinó en su memoria, atribuyó aquella sensación celestial al espíritu de su hija, pasando un instante para despedirse. En otras ocasiones piensa que esa idea es solo fruto del estrés post-traumático, y se siente todavía más desolada. Unos días antes de subirse al avión que llevará a los familiares hasta el lugar de la tragedia, para vivir allí la jornada del aniversario de la catástrofe, todavía no ha decidido si irá con el resto o no. Le asalta una idea irracional, que Elena podría volver a pasar por el aula, que ese instante celestial pueda repetirse, y le asusta no estar en el lugar correcto, en el momento preciso.

Apenas se había estrellado el avión de Germanwings, los abogados de Lufthansa que contactaron a las familias aconsejaron a parientes y amigos no conceder entrevistas. Con el argumento de la protección de su intimidad, llevaron a todos los relacionados con la tragedia a un aislamiento que los medios de comunicación respetaron, hasta tal punto que sigue sin conocerse la identidad y la cara de la novia de Andreas Lubitz, la persona más cercana al copiloto y más consciente de sus desequilibrios. El pueblo entero de Haltern am See ha seguido al pie de la letra aquella consigna de luto en silencio durante el último año, pero la creciente desconfianza sobre las intenciones de la compañía aérea les ha ido empujando, a cuentagotas, a contar su historia. Los padres de otros tres alumnos del instituto también han concedido una entrevista que el semanario Stern ha titulado: «La Iglesia perdona, nosotros no».

Los familiares de las víctimas han rechazado hasta ahora las compensaciones económicas por insuficientes, y se sienten impotentes ante el hecho de que la compañía no haya sido imputada. Tienen muy claro que Germanwings y su casa matriz, Lufthansa,son los principales responsables de la tragedia por haber permitido que el copiloto, en semejante estado probado de salud mental, estuviera en la cabina del avión ese día. Una de las razones por las que la compañía no ha sido imputada, es que el Derecho alemán no reconoce que las empresas tengan responsabilidades como las personas jurídicas. «Lo único que me interesa es que se encuentre el o los responsables que no impidieron que Lubitz tomara los mandos de un avión y que se haga todo lo posible para impedir que un asesinato de este tipo se vuelva a producir», insiste Annette, que apoya la iniciativa de los abogados alemanes de presentar una querella contra Lufthansa en EE.UU., donde tienen más posibilidades.

«Siempre he pensado que los padres tenemos un sexto sentido, que sentimos en la distancia si le pasa algo malo a nuestros hijos», dice Peter Venhoff, padre de otra de las niñas fallecidas, Aline. «Pero aquel día yo no sentí absolutamente nada. Todo fue normal hasta las 12:20 horas. Me llamó al trabajo mi mujer llorando, gritando, apenas podía entender lo que decía… Después de eso hay en mi memoria un vacío de dos días», reconoce. Lo que sucedió en las horas siguientes fue que un desquiciado grupo de padres y abuelos acudieron espontáneamente al despacho del director del instituto, que iba recibiendo las noticias directamente desde la oficina de la presidenta de Renania Norte- Westfalia, Hannelore Kraft, a su vez en contacto con la Cancillería de Berlín y con las autoridades francesas. «Sin duda han sido los días más difíciles de mi gobierno y ha habido un antes y un después», ha reconocido la socialdemócrata.

El padre de otra de las chicas fallecidas, Thomas Siebe, ingeniero, visitaba una obra a más de 300 kilómetros de casa y emprendió el camino de regreso pegado a la radio. «Conducía pensando que en cualquier momento informarían sobre el hallazgo de supervivientes. Me imaginaba una superficie con nieve, pensaba lo útiles que le serían a Helena mis enseñanzas en la montaña para sobrevivir en una situación así. Calculaba qué pasajeros en qué asientos habrían tenido más posibilidades si el avión se había roto durante la caída», recuerda. Pero a esa hora, en la clase que improvisadamente habilitó el director del instituto para reunir a las familias, ya conocían todos la auténtica dimensión del desastre: no había supervivientes. «Unos estaban tirados en el suelo. Otros sobre las mesas. Unos gritaban. Otros lloraban», ha relatado el hermano de Aline, también fallecida.

A pesar del paso de los meses, Haltern am See no ha vuelto a ser el mismo pueblo. «La gente está cada vez más desesperada. Tiene la impresión de que Lufthansa no está implicada activamente en terminar con todo esto y cada negociación, cada carta, les lleva a revivir la tragedia una y otra vez», ha declarado el abogado Elmar Giemulla, que representa a 71 familias conjuntamente con Christoph Wellens. La vida en el instituto continúa, Profesores y alumnos se han concentrado en los últimos meses en la acogida a los refugiados, sirios y paquistaníes en su mayoría, que el gobierno regional ha adjudicado al centro, pero a medida que se aproximaba la fecha del aniversario la angustia ha vuelto a hacerse presente.

Wilhelm Scheideler, el padre de Rabea, que hubiese cumplido esta primavera 17 años, reconoce que «da igual el tiempo que haya pasado, la vida se ha detenido y ya no somos las mismas personas».

Le resulta difícil definir las consecuencias de la escalofriante decisión de Andreas Lubitz, y apenas acierta a confesar:

«Nunca más he podido rezar hasta el final el Padre Nuestro y no creo que pueda volver a hacerlo jamás».

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